Venezuela: el mito más grande de América Latina
- Regencia

- hace 1 día
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Por María Montserrat Páez López

Tuve la oportunidad de pasar quince días en Venezuela como parte de una brigada internacional de solidaridad con el país, tiempo durante el cual conocí comunas, caminé por sus barrios, acudí a universidades y conversé con estudiantes, profesores, trabajadores y gente que vive el país cada día.
Escuché historias, experiencias personales y puede ver una realidad mucho más distinta y humana de lo que normalmente se muestra cuando se habla de Venezuela desde fuera.
Durante la brigada también participé en espacios de formación en la Escuela Internacional de Liderazgo de la Juventud Antonio José de Sucre, un lugar dedicado a preparar jóvenes líderes comprometidos con el trabajo comunitario, la organización territorial y la participación política.
Durante décadas se ha repetido una misma narrativa sobre el país, la de los supermercados vacíos, la escasez absoluta de alimentos y medicamentos y la de una “dictadura“ completamente desconectada de su pueblo. Esta narrativa se ha repetido tantas veces, en tantos espacios y en tantos idiomas, que terminó instalándose casi como una verdad absoluta.
Para muchos, la tierra del libertador Simón Bolívar pasó a representar el ejemplo de todo lo que, en el imaginario colectivo, puede salir mal cuando un país decide tomar un rumbo político distinto.

Existe otra Venezuela que no aparece en los noticieros internacionales, una Venezuela donde la educación pública sigue siendo gratuita y accesible y donde los jóvenes estudian en universidades con proyectos académicos de altísima calidad. Instituciones como la Universidad Nacional de las Ciencias Dr. Humberto Fernández Morán y la Universidad Internacional de las Comunicaciones forman investigadores, científicos y comunicadores con una mirada crítica sobre el mundo contemporáneo.
Uno de los procesos más interesantes que ocurre en Venezuela, y que es totalmente desconocido fuera de sus fronteras, es el de las comunas. Son espacios de organización popular donde las comunidades gestionan directamente aspectos concretos de su vida cotidiana, como la producción de alimentos, proyectos culturales, educación comunitaria, resolución de problemas locales y participación ciudadana.
Existen miles de estas organizaciones y decenas de miles de consejos comunales donde los vecinos participan en la gestión de proyectos públicos y en la toma de decisiones locales. Durante años se han construido comunas en diversas regiones del país. Algunas impulsan proyectos agrícolas colectivos, otras organizan redes de abastecimiento local y muchas funcionan como espacios donde los vecinos deliberan sobre las necesidades del territorio y priorizan soluciones.

En un momento en que muchas democracias se ven amenazadas a nivel global y amplios sectores de la población sienten que la política se decide lejos de sus vidas, estas experiencias resultan particularmente valiosas. En las comunas, la gobernabilidad se vuelve algo cotidiano que ocurre en asambleas, en encuentros comunitarios y en la vida diaria del pueblo.
Hugo Chávez, repetía una frase que con el tiempo se volvió en una consigna política del proceso bolivariano, “comuna o nada“. No es una frase vacía, expresa una idea de país en la que el poder debe trasferirse cada vez más a las comunidades organizadas.
A esto se suman programas como las Zonas Juventud, donde las juventudes participan activamente en la vida política y comunitaria de la nación bolivariana, discuten ideas, organizan actividades culturales y llevan a cabo proyectos de impacto social.
Cuando uno observa este proceso de cerca, resulta más sencillo entender por qué el chavismo ha logrado mantenerse durante tanto tiempo como una fuerza política central en la vida venezolana. Más allá de simpatías o críticas, el chavismo consiguió algo que pocos proyectos políticos han logrado construir: una base social organizada, politizada y profundamente vinculada a su proyecto de país.
No se trata únicamente de un fenómeno institucional o electoral, es también una cultura que se expresa en barrios, comunas, organizaciones sociales y espacios comunitarios.
Incluso quienes no comparten este proyecto político reconocen que el chavismo ha sido uno de los movimientos más influyentes y duraderos de América Latina en las últimas décadas.
Nada de esto ha ocurrido en condiciones sencillas, dado que, desde dos mil diecinueve el país ha enfrentado un régimen de sanciones económicas impulsado por Estados Unidos, que restringió su acceso a mercados internacionales, bloqueó activos financieros y limitó su capacidad de comercio.
Aun así, el país no se derrumbó. Las redes comunitarias, las comunas y las diversas formas de organización vecinal se convirtieron en mecanismos fundamentales para sostener la vida cotidiana.

Uno de los momentos más duros, ocurrió el pasado tres de enero de dos mil veintiséis, cuando fuerzas estadounidenses realizaron una operación militar en territorio venezolano para capturar al presidente Nicolás Maduro y a la diputada y primera dama Cilia Flores. Para millones de personas en el mundo aquello no fue simplemente una detención, fue un secuestro.
Dese el derecho internacional, ningún Estado tiene la facultad de ingresar militarmente a territorio extranjero para capturar a su jefe de Estado, ya que acciones de este tipo vulneran principios fundamentales como la soberanía nacional y la prohibición de intervenir en los asuntos internos de otros países.
La historia latinoamericana está marcada por intervenciones extranjeras que dejaron heridas profundas, como golpes de Estado, invasiones y bloqueos económicos. Estas experiencias muestran que cuando el imperialismo decide intervenir en nuestros territorios, quienes terminan pagando el precio son siempre los más vulnerables.
La República Bolivariana de Venezuela, con todas sus contradicciones, también representa algo importantísimo para nuestra región, la posibilidad de que los pueblos construyan proyectos políticos propios sin tutelajes extranjeros.

Pero más allá de cualquier análisis político, lo que me marcó profundamente durante esos quince días, fue la gente. La forma en la que las familias reciben a quien llega de fuera con hospitalidad fraterna, la manera en la que los vecinos de apoyan cuando alguien lo necesita y la naturalidad con la que comparten lo poco o mucho que tienen, muestra algo increíblemente humano en el pueblo venezolano.
Quizá por esta razón, cuando una regresa y vuelve a escuchar toda la desinformación sobre el país, resulta imposible no pensar en todo lo que vivió allá.
En los estudiantes que construyen un mejor futuro para su país, en las mujeres que luchan con una fortaleza admirable y en los jóvenes que se organizan para para defender la soberanía nacional.
Venezuela ha atravesado sanciones, crisis económicas, presiones internacionales y campañas mediáticas permanentes, sin embargo, su pueblo sigue levantándose cada día.
Tal vez, esa sea la parte más difícil de explicar desde afuera, porque Venezuela no solo es un debate ideológico, ni una disputa geopolítica entre potencias, es un pueblo profundamente solidario, digno, que incluso en sus momentos más duros, ha dado una gran muestra de humanidad y alegría.
Después de haber estado ahí, de haber compartido con su gente y de haber visto de cerca su capacidad de organización y resiliencia, resulta imposible no sentir un profundo respeto por ese pueblo aguerrido que, a pesar de sus tragedias, sigue defendiendo su derecho a existir, a decidir y a construir su propio camino.
Por ahora y para siempre.
¡venceremos!
Sobre la autora del artículo
María Montserrat Páez López es activista por los derechos humanos.
Ha colaborado con el sistema de las Naciones Unidas, incluyendo a ACNUR, el Programa Mundial de Alimentos en Perú y UNESCO.
Es fundadora de la Red Mujeres Sin Fronteras, una iniciativa dedicada a la defensa y acompañamiento de mujeres migrantes y refugiadas latinoamericanas. Su trabajo también se ha enfocado en la promoción de los derechos humanos y de la salud menstrual en comunidades originarias.
Por su labor ha recibido reconocimientos como Líderes X México a nivel nacional y el Premio Estatal de la Juventud 2024 a nivel estatal.


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